Lo que se espera al entrar a una farmacia de pueblo manchego es lo de siempre: mostrador blanco nuclear, azulejos brillantes, vinilos de cremas solares. El triunfo de lo aséptico.
La estética farmacéutica del siglo XX se construyó sobre la teoría de los gérmenes. Ese vocabulario comunicaba esterilidad: si el lugar estaba clínicamente muerto, era seguro. Pero esa estética ya no transmite paz. Transmite la desinfectada anhedonia de un hospital.
En Alcázar de San Juan notaron esa ruptura. Existe un ruralismo en marcha: los pueblos reclaman su estética propia. Cruzando la puerta de Farmacia Origen, al elevar la mirada se encuentra otra cosa — una explosión cromática de casi todo el espectro visible. Cuatro metros que arrancan del suelo y se alzan hasta el techo. Con una letra G floral —la inicial del logo— monumentalizada.
Origen se atreve a renegar el viejo modelo de espacios inertes. No se conforma con vender salud: escenifica el bienestar, lo proyecta antes de despachar tu receta.



