Unos propietarios encargan un jardín. Se lo come una plaga. Lo arrancan y vuelven a encargar otro. La segunda vez es un pulso: no se conforman con cemento. Pero no van a aceptar que el verde decaiga de nuevo. Lo que cuelga en la pared seguirá siendo musgo real, pero esta vez tratado y liofilizado.

El musgo preservado se compra, en estos casos, por lo que no hace. No atrae bichos cuando se le aplica el tratamiento. No se riega. No muere.

Esta nueva pieza cambió de forma respecto al fracaso anterior. La casa entera funciona en línea recta. Los dueños querían formas curvas y orgánicas para romper esa linealidad. Nos decidimos por ríos de musgo lima y amarillo pistacho serpenteando en diagonal sobre un fondo verde.

El recibidor y la cocina se sostienen sin problemas. En el baño quisimos arriesgarnos con un experimento. La regla de oro del musgo preservado es que no se moja. Pero los dueños querían instalar una tira vegetal en el baño. El gesto astuto fue usar el espejo. Jugando con el reflejo, duplicamos la presencia vegetal reduciendo a la mitad la masa expuesta. Con amaranto cayendo sobre el lavabo, se ven dos plantas asumiendo el riesgo de una.






