Diez centímetros de aluminio parten la pared y el suelo. Al lado interior del carril: sala de ocio con jardín de musgo preservado. Al lado exterior: jardín artificial resistiendo el agua y los rayos UV.


A media distancia, cuando las puertas correderas están abiertas, los dos son la misma superficie verde y continua que envuelve por dentro y por fuera. Cuando se cierran, vuelven a ser cosas distintas.
Las dos piezas están hechas con lógicas opuestas. El interior es trabajo artesanal. El exterior está calculado para sobrevivir al cloro y al sol. A cinco metros, el ojo funde ambas mitades. A dos, la luz delata la diferencia.


El patio no es un museo. Es un sitio para darse duchas o baños en el jacuzzi. No necesita rigor biológico, solo sostener el color. El musgo preservado del interior queda como el contrapeso que evita que el conjunto se vuelva mera imitación. La elección de materiales responde al nivel de hostilidad climática. Usar la herramienta adecuada para cada microclima es necesidad imperativa. Tejer un solo telón con ambas es pericia.




