En esta vivienda recién construida en Madrid, quedó un hall entre la puerta de entrada y unas puertas correderas hacia el salón. La clase de rincón que se resuelve con un perchero y se olvida. No es lo que ocurrió aquí.


Los dueños tenían un capricho innegociable: un espejo redondo de casi un metro de diámetro, y madera clara alistonada. A partir de ahí se construyó lo demás. Lo habitual es diseñar la pared y colgar luego un espejo. Pero aquí el círculo dictó las reglas del juego. Sin él, un jardín tan ancho rogaría otra pieza central o espacio negativo. Sin el jardín, el espejo colgaría aislado como en la página de un catálogo.
Los listones a ambos lados impusieron una cuadrícula estricta, y dentro, la mancha de musgo la desafía. La gracia surge en fricción entre ambos. La diagonal tampoco fue decisión perezosa: un cuadrado mataría el contraste con los listones, un anillo verde convertiría la pared en una diana.


Con las correderas cerrando a la casa, el hall se convierte en una habitación. Quien queda dentro ya no está de paso. Tiene delante un jardín reflejando su cara, y nada más. Detenerse a mirar deja de ser una opción para ser el íntimo recibimiento antes de entrar al hogar.


