Agosto. La Torre de la Horadada, Alicante. El patio de un apartahotel junto a la playa: suelo de ducha, jacuzzi al fondo. La postal funciona, hasta toparse con el problema. Cruzando seis metros de altura por la esquina, una cruda bajante de PVC drena el agua sucia, y para colmo se bifurca por la pared.


La respuesta defensiva sería encofrar el tubo. Con los consecuentes precios de una obra y complicaciones del pladur. Aquí en cambio se decidió abrazarlo. Convertir el estorbo en un esqueleto sobre el que trepar.
La elección de la buganvilla no es indiferente. Es el fucsia más reconocible del Mediterráneo costero. El cliente que ve la foto desde una oficina a kilómetros codifica la flor canónica como vacaciones al instante. Pero una planta viva de seis metros de altura exige una logística imposible para un negocio de rotación rápida: abejas, espinas, riego, podas, hojas muertas flotando sobre el agua de un jacuzzi. La elección artificial anula la molestia, conservando intacta la iconografía doce meses al año.


Las ramas se llevaron premontadas y se instalaron una a una desde una escalera de varios metros. No se pegan planas contra el tubo. Se curvan hacia afuera, simulando fototropismo. Añadimos además la capa de plantas colgantes naciendo del techo del jacuzzi con la misma protección UV. El Mediterráneo es ingobernable. Lo que se ofrece al huésped es la imagen de pantone explosivo y floral, con las garantías higiénicas que un patio real no podría dar.



