Saltando del papel al volumen, el símbolo cambia de naturaleza.


Una pareja diseñó un logotipo caligráfico para su boda. Un bucle con degradado cromático de verde lima a turquesa, violeta, púrpura, rojo coral, naranja y amarillo. Que vive en un fino marco circular de metal cobrizo. Para hacerlo, construí plantillas y fundí los colores combinando tallos y hojas individuales. Lo que en papel o pantalla se resuelve en un click, aquí me ocupó horas de pequeñas comparaciones.
Cualquier otra pareja se hubiera conformado con imprimirlo en invitaciones al evento, que dan fe de ese día y luego se archivan. Pero esta quiso tangibilizarlo como un cuadro de musgo en el recibidor de su casa. El umbral entre lo público y lo privado. Quien cruza la puerta entra bajo su nuevo estandarte. Que a diferencia de emblemas antiguos y escudos familiares, no mira herencias ni linajes. La heráldica clásica se centra en la autoridad del ancestro, en quien estuvo antes.


En un contexto donde instituciones como el estado, la religión o la localidad ya no otorgan gravedad al acto como hace cincuenta años, la crean los verdaderos protagonistas. El bucle mira estrictamente a dos personas que decidieron firmar en el presente.
Dos años después de instalarlo, la pareja y yo seguimos en contacto. No es lo que suele pasar cuando uno compra una mesa. Pagar por el tiempo de alguien para que construya tu símbolo le da legitimidad de un modo que una imprenta nunca podría darle. Alguien externo da fe de que existe.