Entras por la puerta de cristal de una clínica estética en Murcia. Hormigón pulido, paredes geométricas, ángulos limpios. Todo respira asepsia. Y en una esquina, una nube de musgo desciende irregular hasta el suelo. Le acompaña el tronco retorcido de un viñedo rescatado de unas viñas de Zamora.
La cepa de vid, sometida a la intemperie, iba a desintegrarse en un terreno sin cultivar de la España vaciada. Que está llena de objetos así. Trasladarlos a lugares visibles como el de una sala de espera, es mi forma de darles reconocimiento y permanencia.
El proyecto se desplegó en dos fases. La primera, en 2022, vistió recepción, consultas y sala de espera. Aquí mandaban las formas irregulares, deliberadamente contra-geométricas respecto a la arquitectura del edificio. Sobre cada nube cruza una rama como elemento recurrente. La segunda, en 2023, intervino los gabinetes privados donde se realizan tratamientos. Pusimos cuadros con degradados cromáticos de flores preservadas, y cuando no cedía la biología, sintéticas también.
El karesansui —o jardín seco, tradición japonesa— opera bajo la lógica de dar sentido al espacio contemplativo a través de la materia muerta. Una roca inerte o un tronco seco son capaces de articular el vacío.
Cuando se apagan los focos y todos se marchan, queda la cepa sosteniendo en silencio el peso visual del edificio. La discusión sobre qué significa se reanuda al día siguiente con los nuevos pacientes. La cepa siempre sigue ahí, indiferente.












