Cuadro de Musgo Huelva

Un particular en Huelva me encarga un cuadro vegetal de 2 × 0,90 m sin haberlo visto. Nunca pisará el taller, yo nunca pisaré su salón. Lo que cruza esos cientos de kilómetros entre los dos es un dossier — fotografías de proyectos anteriores que él ha mirado hasta decidir qué quiere.

No está pidiendo ese de la foto. Está comprando una categoría que él y yo hemos pactado llamar rústico floral. Maderas y cortezas reales atravesando el plano, musgo manta como fondo total sin huecos, cúmulos pequeños de flores preservadas dispersos por encima y por debajo, gama cálida sobre el verde denso. La etiqueta acota el desorden — el cliente sabe lo que va a recibir aunque la pieza concreta no exista todavía. Y a mí me deja el margen interior del taller para improvisar dentro de esos límites.

Sobre el tablero base, antes de pegar una sola flor, monto la estructura. Ramas finas y cortezas gruesas de madera lavada cruzando horizontalmente el plano. Dos elementos amaderados gruesos en gris-marrón claro como ejes centrales. Encima, distribuyo las bolas de musgo bola en posiciones cardinales — todavía sin flores ni follaje fino. Es un esqueleto guiado por un boceto previo, no improvisación pura: las ramas no se ponen donde quedan bonitas, sino donde aguantarán el peso de los volúmenes vegetales que vienen después.

Sobre ese andamio empieza el relleno. Fondo total de musgo manta verde oscuro cubriendo cada milímetro libre. Por encima, helechos preservados verde oscuro, eucalipto azul-grisáceo en racimos sueltos, pampa pequeña crema-plateada. Y los cúmulos de flores preservadas distribuidos a ambos lados de la rama central. Cada cúmulo pesa visualmente como un fruto del sotobosque. Entre las flores meto setas, nueces y otros frutos secos amaderados — los elementos que distinguen este cuadro de un bosque genérico y lo anclan a un sotobosque ibérico real.

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