María se muda con su hija pequeña a un piso en Arganda del Rey. Cajas a medio abrir, muebles neutros, paredes en blanco. Viene de un cambio vital. No me pide un cuadro bonito. Me pide alegría. Esa palabra.
¿Qué le pongo a alguien que pide alegría en una pared, no un color? Le propongo un río cromático completo. Fondo total en musgo manta verde oscuro de sotobosque. Sobre él, montículos redondeados de musgo bola que aportan relieve geográfico. Y atravesando todo el cuadro en diagonal, los colores en orden. Lavanda. Púrpura. Azul medio, azul cielo. Y de golpe, sin avisar, mimosa y forsitia amarillas. Choque limpio contra el cielo. El amarillo y el azul son opuestos en el círculo cromático — donde se cruzan, late el corazón de la pieza. Desde ahí el río ya solo desciende. Naranjas. Corales. Rosas pastel. Y termina concentrándose en rojos profundos sobre el extremo derecho.
Dos metros de largo. Tuvo que dividirse en dos paneles para poder entrar por la puerta. Pero el corte no se hace recto. Si metes una sierra circular de arriba a abajo, el ojo detecta máquina al instante y mata el espejismo. La línea de unión va serpenteando entre las montañas de musgo bola, esquiva los racimos de flores, se esconde donde la pieza ya estaba pidiendo curvas. En la pared, después de retocar la junta, la grieta industrial desaparece.
María tendrá toda la flexibilidad cromática del mundo para amueblar el salón después. Cualquier cojín mostaza, alfombra índigo o jarrón rojo encontrará un punto exacto del río al que enganchar. La pieza no decide por ella — se planta primero y deja todo lo que venga abierto.
Por la noche, la lámpara de cobre del techo cae directamente sobre el extremo derecho del cuadro. Los rojos preservados se encienden bajo la luz ámbar, vibran a otra frecuencia. El sofá neutro da un paso atrás. Manda la pared.






