
Tomás Guillén fabrica maquinaria para la industria alimentaria. Su nueva nave de oficinas se inauguró en un polígono de Lorquí, Murcia. Entre flujos de constantes camiones y mercancía perecedera. Pero al cruzar la puerta, tres zonas desprenden otra percepción.
El parterre de la entrada registra un rincón orgánico y moderno: sobre el lecho de musgo y rocas, un tronco diagonal calca la pendiente de la escalera. Forzar el ángulo de inclinación exige medir, fijar y ocultar el esfuerzo para que parezca natural. Un gesto técnico que se adapta al espacio en lugar de imponerse.
Planta arriba, el control deja de ser sutil: una rueda dentada y un arco con colores exactos enmarcan los continentes. El musgo aceptó el pigmento y el corte milimétrico para encajar como un engranaje más de la marca. Sobre el mármol, otro parterre ondulado: cola de zorro, cortezas, roca y musgo manta. Las espigas burdeo coordinan el rojo de la rueda dentada. Funcionando como eco del logotipo.
En la oficina central, el enorme mapamundi de nueve metros. Construímos los continentes en varios tonos y elevaciones para imitar topografías y rutas comerciales. Aquí la cartografía abandona el corcho con chinchetas, para abrazar el volumen del musgo bola, formando cadenas montañosas.
Fuera del edificio hay velocidad. Dentro, rocas de canto rodado, que tarda siglos en erosionarse. Y un mapamundi petrifica nuestra era geológica. No les une el sector alimentario, sino la percepción del tiempo. Tomás Guillén se presenta como estrato arraigado. Firme frente a las crisis y movimientos del mercado.







